Coalición por una radiodifusión democrática
     
   
   
   
   
 
 
 
 
Editoriales y Trabajos
 
Damián Loretti es director de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA y abogado vinculado al movimiento de radios comunitarias.

Desde que los medios de comunicación social tienen una incidencia creciente en la vida de cada uno de nosotros, por razones de las más diversas, la ley de radiodifusión nos afecta a todos y no sólo a los medios y los periodistas.

Si, como algunos creemos, los medios deben servirnos de espejo (para vernos reflejados) y ventana (para ver el mundo y que los demás nos vean) quién, cómo y dónde se realizan las regulaciones para la radiodifusión es un problema de conjunto y no de profesiones.

Veamos: si pensamos que a veces los medios no cumplen con su rol supuestamente clásico de informar, educar y entretener, necesitamos que nuestros derechos estén reconocidos.

Pero más aún, si pensamos en los medios como constructores de agenda política también es evidente que la ley de radiodifusión es cuestión de todos. Pero lo mismo ocurre cuando pensamos en los medios como medios de difusión de entretenimiento. Sabemos cuántas cosas del mundo no estamos viendo ni jamás veremos porque nunca se pasan películas para niños de países europeos en vez de los mismos dibujitos?. La verdad es que no tenemos idea porque la repetición de modelos nos van quitando el sentido del gusto. Es tomar siempre el mismo vino porque hay uno sólo. Entonces, así como no nos gusta tomar siempre el mismo vino, tampoco nos debería gustar escuchar siempre las mismas opiniones, ver siempre series hechas por los mismos y escuchar o ver siempre a quienes opinan de determinado modo. Desde estos principios, la ley de radiodifusión debe regular cómo se elige a quienes serán los dueños de los medios que actúan en una determinada región y cómo debe fomentarse el pluralismo de estilos, gustos y tendencias, dentro de un mismo medio y compitiendo en calidad con otros. Debe regular como se fomenta la producción nacional, garantizando que las voces de un lugar efectivamente tengan espacio para ser difundidas, al igual que sus creaciones artísticas. Y también debe regular los derechos de los profesionales y los públicos a decir aquello que creen conveniente, y quién estará encargado de hacer cumplir la ley sin que tenga derecho a censurar a nadie.

Ahora cabe preguntarnos porqué es necesaria una nueva ley de radiodifusión. Porque la que tenemos está armada según la óptica de los militares que gobernaban en 1980, porque está todo centralizado en un organismo que queda en Buenos Aires, porque las provincias, las ciudades, y las personas –salvo que estén organizadas como sociedad comercial – no tienen derecho a nada. Porque la radiodifusión está prevista como negocio y no como expresión del derecho a difundir informaciones, cultura, arte y entretenimiento, ya que los únicos licenciatarios que puede haber son los que se organicen como empresas comerciales. Porque la propia ley autoriza al estado a restringir a los servicios de radiodifusión por razones de seguridad nacional, y la censura está prohibida, porque desconoce la importancia de la creación y la cultura nacional. Porque en una época se preveía que la publicidad fuera nacional, al igual que gran parte de la música, pero de eso se hicieron cargo en los noventa por decreto, y ningún país regala sus espacios audiovisuales como lo hizo la Argentina. Y todo eso hay que corregirlo.

Y como esto hay que cambiarlo con la opinión de las personas de todos lados, es que un conjunto de entidades, carreras de comunicación, sindicatos, intelectuales, organizaciones barriales, sociales y de derechos humanos, por primera vez en mucho tiempo nos juntamos. No para decir en qué no estamos de acuerdo, sino para proponer qué es lo que una nueva ley necesita tener para ser democrática. Que los medios sean un canal de expresión y no sólo un negocio, que se permita a quienes no quieran ser empresas comerciales tener medios de comunicación, que no se pueda censurar, que se promueva el pluralismo, que se reconozcan los derechos del público, que se defienda al cine nacional con el uso de sus pantallas y todas esas cosas que uno siempre quiso que la tele que mira y la radio que escucha tengan. Los 21 puntos son un sueño, pero de todos depende que se cumpla.

 

 
 
     
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